Sin Auto-Cuidado de las Activistas No Hay Activismo

Durante las actividades en las cuales comparto con otras mujeres que son líderes sociales o activistas, me he dado cuenta que es difícil para ellas, y a veces incómodo, hablar sobre sí mismas y sus problemas. Sin embargo, es importante hacerlo: La idea de que lo personal es político tiene que ser un círculo perfecto. No sólo tenemos el derecho a hablar abiertamente de lo que nos aqueja en nuestra vida privada, sino que tenemos el deber de evaluar cómo nuestro trabajo y activismo impacta nuestra vida íntima y viceversa; nuestra calidad de vida personal es tan importante como la vida de las mujeres y las causas a las cuales dedicamos nuestra energía. Es hora de hacer del bienestar y la sostenibilidad de nuestro trabajo una prioridad personal.

Como dice Bisi-Adeleye Fayemi:

“La atención de las necesidades físicas, emocionales y espirituales de las mujeres se ha vuelto uno de los puntos débiles en nuestro trabajo como feministas. En sus propias esferas sociales e institucionales en las cuales operan, los efectos combinados de las fuertes reacciones contra los movimiento de mujeres, el acoso en las redes sociales, los fundamentalismos culturales y religiosos, las presiones por el liderazgo y el desafío de encontrar un balance entre la familia y las obligaciones profesionales, hacen difícil conservar la energía.”

Ella tiene toda la razón. Las activistas tendemos a descuidarnos y a quedarnos calladas en nuestros momentos de debilidad. Sacrificamos muchas veces nuestro balance interno; lo dejamos para después, mientras nos concentramos en ayudar a otras a encontrar su equilibrio. Sin embargo, no hay nada allá afuera que no tengamos que encontrar primero dentro de nosotras. Somos las primeras destinatarias de nuestra misión.

Cuando hablo con otras activistas, compruebo lo importante de nuestro trabajo en función del costo personal: Muchas veces nuestras compañeras están cansadas, deprimidas, enojadas, desgastadas por problemas familiares, de pareja, traiciones de gente en la que confiaban, dificultades de comunicación, etc. Y si bien tenemos conciencia de lo que ocurre, rara vez hablamos de ello. Y aun cuando sabemos que nos afecta, seguimos adelante sin vacilaciones.

En las innumerables veces que he sido acosada y maltratada por ser feminista, me doy cuenta que es fácil perder la tranquilidad – Sí, soy humana – cediendo al stress y la amargura con los cuales los odiosos de siempre quieren contaminarme. En aquellos días en que mis redes sociales online están llenas de insultos, amenazas solapadas y odios cordiales, me hago algunas preguntas: ¿Cómo hay gente tan intolerante? ¿Porqué les molesta tanto lo que hago? Pero por sobre todo, la reflexión que viene a mí es: Que importante es poder contar con el apoyo de las otras activistas/feministas y saber que existe un espacio definido donde podemos “descargar” la mala vibra y brindarnos unas a otras energía nueva para seguir adelante.

¿Existe este espacio? Si no existe, es fundamental crearlo. En nuestro colectivo, grupo o institución: ¿Tenemos un espacio reservado para hablar libremente sobre nuestra experiencia? No me refiero a hablar de trabajo sino de nosotras como seres humanos cruzados por muchas variables, una de las cuales es nuestro rol como activistas, líderes o gestoras. El trabajo por el cambio social está lleno de dificultades cotidianas; es además, una labor que se hace un poco a ciegas ya que no hay resultados matemáticos; a veces, damos todo de nosotras y las soluciones no llegan o nuestro mensaje no se entiende.

Si a ello sumamos las resistencias internas y externas, existe un alto riesgo de convertirse en aquello que combatimos: Una odiosa. Yo soy una creadora, una creyente, una persona que busca la equidad social; sería injusto para mí, para las ideas en las que creo, para la gente con la que me relaciono, convertir mi llamado de justicia en una mediocre pataleta motivada por berrinches ajenos. El activismo es pro-activo, no reactivo.

Somos personas indivisibles: No se puede dejar la mitad de la vida en casa mientras la otra mitad va a la marcha. Necesitamos crear estrategias de apoyo y reflexión para mejorar nuestra labor, fortalecer nuestra autoestima y empoderarnos desde el principio, en todo momento y en el más amplio sentido. Desde nuestras áreas de intervención, no hay ninguna duda que estamos haciendo algo importante. El camino es duro y largo aún: Nos requiere fuertes, seguras y motivadas; no dudemos en pedir y brindar apoyo. Para subir al cielo se necesita una escalera larga… y el consejo oportuno de nuestras amigas y compañeras de lucha.

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