Madame Bovary Soy Yo

Escena del Baile con el Visconde

Escena del Baile de la versión de Vincent Minelli

Amo los libros y ,aunque sea difícil de entender, muchas veces los prefiero por sobre algunas personas. Si existe la “Bibliofilia” esto es, la devoción enfermiza por los libros, confieso que la padezco de manera crónica y me resisto a tomar medicación. Hay algo sagrado en un libro, no sólo por el conocimiento que nos entrega sino por la historia que existe en torno su creación: Las horas que el autor pasó acariciando la idea; las noches en que eligió quedarse escribiendo; los momentos en que pensó en renunciar y dejar su trabajo a medias, cuando la inspiración lo abandonó. Muchas cosas suceden alrededor de un libro, sin olvidar que muchos seres humanos se han conocido, amado y muerto por causa de ellos.

De todos los libros que he leído en mi vida – a un promedio de uno por semana- el que más me ha marcado, del cual me he enamorado perdidamente, es Madame Bovary de Gustave Flaubert: lo leo una vez al año, lo tengo en formato tradicional -en distintas ediciones y tipos de papel- y en e-book. He devorado sus páginas en español, inglés y francés. Cada vez que vuelvo a sumergirme en la historia de Emma Rouault -la protagonista- el mundo, literalmente, me importa un bledo: Sólo existen ella y sus ilusiones rotas, allá ” en un pueblo llamado Yonville, distante dos horas de Rouen.”

He visto cada película que se ha hecho de “Madame Bovary” y considero que, de las producciones recientes, la más apegada al espíritu del libro es  la versión francesa. Si bien es un poco lenta en el desarrollo de la trama, se ciñe exquisitamente a los diálogos y a la historia, conservando las sutilezas de la sicología de Emma descritas en la obra original, que no siempre pueden trasladarse con éxito a la pantalla. Por su parte, la BBC, con la excelencia de siempre, ha producido una versión de alta calidad cinematográfica tomándose algunas libertades para darle el ritmo que requiere el formato audiovisual.

“Madame Bovary soy yo” dijo Gustave Flaubert sobre su novela. Una frase enigmática respecto a la que no existe un acuerdo sobre su significado. Flaubert tuvo que enfrentar un juicio público ante tribunales por publicar un manuscrito que “incitaba a la degradación moral de las mujeres”; el libro fue considerado, en su tiempo, un verdadero escándalo y una amenaza para la estructura familiar. Y esto, ¿Porqué? básicamente, porque a lo largo de toda la historia de Emma queda muy claro, que aquello que la llevó a la crisis fue la impotencia que sentía ante la obligación de tener que cumplir con las convenciones de una sociedad patriarcal que no la hacía feliz.

El libro describe, con pulido realismo, como la protagonista, educada en un convento, se rebela – delicada, después ansiosamente- de los mandatos que la oprimen: Primero, fantaseando con ser la princesa de las novelas románticas de caballería que la lavandera le presta en secreto; luego, intenta escapar del aburrimiento de la vida del campo -a la cual pertenece por nacimiento- a través del matrimonio con Charles Bovary. Cuando descubre que la vida matrimonial no es el derroche de pasiones que ella esperaba, se precipita en una vorágine de decepciones y adulterios, para finalmente aceptarse tal cual es y elegir el suicidio antes de doblegar su voluntad y sus deseos al deber ser que le impone la vida pueblerina y sin estímulos de la cual ha tratado de escapar.

Amo este libro porque encendió en mi corazón la llama de la auto-conciencia. Pude comprender que, como les sucede a muchas mujeres, la tragedia de Emma Rouault es no ser libre. La opresión que padece es producto de su clase social -pequeña burguesía mediatizada por determinados medios de vida y prejuicios- y sobre todo, como consecuencia de ser mujer. El patriarcado es “como un corsé que la oprimía por todos lados”. Emma tiene conciencia clara de la condición de inferioridad en que se halla en la sociedad, y ello se pone de manifiesto cuando queda embarazada. Desea que su hijo sea “hombre, robusto, moreno, se llamaría George”; no es extraño que al saber que ha dado a luz a una niña, se desmaye.

Pienso que todas las mujeres tenemos algo de Madame Bovary: “Madame Bovary soy yo” podríamos declarar con razón, al menos una vez en la vida. Todas nos hemos revelado de alguna manera ante la sofocación que nos provocan las reglas que nos limitan y hemos tratado de cambiarlas, sin importar el ámbito o el tamaño de nuestra lucha. Al igual que Emma nos queremos sacudir el patriarcado de encima “… ese vago malestar que cambia de aspecto como las nubes, que se arremolina como el viento…” A ella “Le faltaban las palabras, la ocasión, ¡el valor!” para ser libre. En la novela, la mujer ficticia no tuvo otra salida que entregarse a la muerte como última protesta contra la opresión. Madame Bovary es el recuerdo de los corsés que quedan por desatar en el camino hacia nuestra auténtica libertad.

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