Luis Alfredo García: ” Siendo yo un Niño, Julio C. Barceló me Propinó más de 50 Correazos”

Maltrato Infantil ~ Foto: Unicef

Por Luis Alfredo Garcia*

“A los dos Miguel Ángel: mi hermano del alma y mi hijo que está por nacer, que llevará su nombre”.

Es bastante desgastante recordar del pasado momentos dolorosos o que nos hayan generado un trauma; aún más lo es quitar el velo de la privacidad y hacerlo público, con el rechazo de las críticas y también  los apoyos. Digo esto porque con ocasión del blog de “Mariposas en la Tormenta” en el que la señora Yaqueline Franco narra que fue víctima de torturas por parte de Julio Barceló Dib, llegaron a mi mente imágenes del pasado, que no quería recordar y que me había propuesto olvidar de forma definitiva, del maltrato que ese señor me hizo a mí y a mi hermano mellizo.

Después de analizar por un tiempo si sería apropiado contar mi historia, decidí quitarle el velo de la privacidad inspirado en el pensamiento de Edmundo Burke que sostenía que “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”. Entonces hice algunas  reflexiones: ¿Si lo que decía la señora Franco fuese cierto, sería justo que de pronto terminare condenada y pagando jugosas indemnizaciones a Barceló?; ¿Debía quedarme callado cuando muchísimas personas estaban acusando a la señora Franco de mentirosa, de maltratadora, por el relato de su historia?; Y aquí debo advertir con contudencia que no conozco a la señora Franco, y no puedo confirmar si lo que dijo es cierto o no, porque no me consta; pero si lo que dijo llegare a ser cierto me parecería una tremenda injusticia que terminare siendo procesada por injuria y calumnia -como ya lo está- y posiblemente pagando jugosas indemnizaciones.

Por esa razón decidí hablar: para evitar una eventual injusticia;  si bien mi historia no tiene que ver con los hechos de ese caso, podría servir para despertar la conciencia de los jueces y que  se cuestionen si ese señor que se atrevió a maltratar a dos niños indefensos sería capaz de golpear a su esposa. Reitero, yo no puedo aseverar si lo que dice la señora Franco sea cierto, sin embargo en mi fuero interior tendría todo el derecho de creerle, porque la Constitución (art. 18)  garantiza la libertad de conciencia para nadie sea molestado por razón de sus convicciones; sin embargo no daré un juicio de valor sobre ello por respeto a la Administración de Justicia que es quien debe resolver esa cuestión.

Tengo que contextualizar que con mi hermano somos huérfano de madre y quedamos bajo el cuidado y la custodia de mi abuela y tía materna en Barranquilla, mi padre laboraba en el interior del país. Así, Julio Barceló llegó a nuestras vidas como pensionado en la casa de mis abuelos, donde residió mientras adelantaba sus estudios universitarios. Durante esa estadía fue inculcando y predicando su credo evangélico a algunos familiares y nosotros por supuesto nos llevaba al “culto”, y  bien recuerdo como si fuese ayer que en aquellos momentos en que no se encontraban en casa mi tía y mi abuela, se tomó la licencia de “educar” a los hijos ajenos: nos propinaba sistemática y enérgicamente, a mí y a mi hermano mellizo, sendos correazos con una gruesa correa de cuero, en cantidades enormes -50 y más- por los asuntos más triviales, como por ejemplo olvidar alguna tabla de multiplicar. Esto ocurrió con mucha frecuencia durante varios años -aproximadamente entre nuestros seis y nueve años de edad-;  nos tenía completamente atemorizados, al punto que nunca nos atrevimos a contarle de sus maltratos a ningún familiar porque temíamos de sus represalias, era como si estuviéramos amordazados psicológicamente.

Lo que más detestaba era ser obligado a ver a mi hermano -mi ser más querido, porque los “mellos” somos más que hermanos y este escrito lo hago más por él que por mi-, saltando de dolor y llorando a gritos ante los múltiples correazos tatuados en sus piernas, mientras decía expresiones como: “¡Prepárate que ahora vienes tú!”, en un tono animado que indiscutiblemente denotaba un profundo placer por el dolor de unos niños que sufrían mientras él se divertía maltratándolos, jugando a ser dios.

Si, dios, y lo enuncio en minúsculas porque me refiero a ese dios castigador en el que él creía -y que tal vez siga creyendo-; antes de pegarnos nos decía que lo hacía en nombre de dios, porque éste se lo exigía y si no lo obedecía lo castigaría a él, inclusive las limpias incorporaban la lectura de algunos versículos bíblicos, para que no nos quedara duda de la autoridad superior que lo investía.  También recuerdo que chanceaba sobre los correazos que nos esperaban -que eran acumulativos- ; nos humillaba jalándonos con fuerza las orejas como si fuese un pasatiempo, tanto es así que hasta el día hoy detestamos que si quiera se nos toque las orejas, como si hubiese quedado por siempre grabado en nuestros cuerpos ese sensación física y humillante, que nos hace recordar a ese personaje.

Por el fanatismo se ha generado mucho dolor y derramado muchísima sangre, los ejemplos son interminables: la caída de las torres gemelas, las guerras santas en medio oriente, la destrucción de la cultura maya por los católicos españoles, la inquisición, etc. Estoy convencido en carne propia que no hay personas más peligrosas que los fanáticos y fundamentalistas, aquellos que creen tener la verdad revelada, y peor aún aquellos que ven al diablo en todo, en el folclor, en el baile, en la música… La verdad no sé si Julio Barceló nos castigaba por fanatismo -aunque de todas maneras no conozco ningún precepto bíblico que permita pegarle al hijo ajeno-, o si tenía la religión como un pretexto para divertirse castigándonos; o si era un poco de ambas.

Durante varios años de intimidación y de castigos a nombre de dios tuvimos que soportar su fanatismo y maltratos, hasta que en una ocasión que nos visitó en vacaciones un hermano que vivía con mi papá en el interior, le contó a él de esos maltratos, y mi papá a su vez le informó a mi abuela, quien de inmediato le reclamó a Barceló con vehemencia y le dijo que se marchara de la casa.

Debo ser preciso y reconocer que este señor nunca nos agredió con puños o patadas o de forma diferente a los correazos y fuertes jalones de orejas, y que por la intensidad de los golpes esta historia no tendría la misma trascendencia de la de la señora Franco, sin embargo los golpes son al fin y al cabo una percepción táctil; el daño es el que queda en la psiquis, y es ahí donde más nos agredió este señor.

Sentí que revivía el pasado al ver un video de Youtube que registra el programa “La otra visión” de Telecaribe, en el que la señora Jacqueline Franco describe un episodio en que Barceló habría encerrado a su hija en una habitación para castigarla, y que ella le imploraba que le pegara a ella pero no a la niña, y le oraba a Dios (ese sí con mayúscula) que cesara el castigo con su hija; no sé si sea cierto, no me consta; lo que sí sé y puedo decir  es que llegó a mi mente el vívido recuerdo de los castigos que nos propinaba Julio Barceló y sentí escalofríos.

En esos tiempos éramos uno niños indefensos, hoy somos dos hombres hechos y derechos, profesionales por cierto. En esa época nos sentíamos amordazados psicológicamente, hoy no le tenemos ni el más mínimo rastro de temor. Tanto es así, que debo confesar que  siendo de un carácter particularmente fuerte, en las épocas de mis estudios de derecho en Bogotá, un día le dije a mi hermano que había decido agotar esa mezcla de rabia e impotencia frente a un atrevido que se atrevió a pegarle a un hijo ajeno, y cerrar ese capítulo de nuestras vidas enfrentando a Julio Barceló a los golpes, y él  me convenció sabiamente de no hacerlo, explicándome que la violencia no resuelve nada sino que empeora aún más las cosas en un circulo interminable, cosa de la que me convenció.

Siento que escribiendo estas palabras me he quitado un gran peso de encima, entiendo ahora en carne propia porque la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha determinado que la verdad es una forma de reparación; y es así, diciendo la verdad uno se siente aliviado, y ojalá que ésta sirva de algo para que se haga justicia y para quitarnos esa pesadilla de la infancia, que debe ser el momento de la vida más maravilloso de un ser humano.

Nota: de antemano les manifiesto que en mi condición de profesional del derecho asumo completa y exclusiva responsabilidad de lo aquí manifestado porque  muchas personas pueden testimoniar lo aquí señalado, comenzando por mi hermano mellizo, mi abuela y otro hermano que presenció los maltratos, alto dignatario del Estado. También, que estoy presto a responder a eventuales denuncias penales por injuria y calumnia, tema en el que por cierto soy un experto, por cuanto logré, como uno de los demandantes y miembro del GDIP de la Universidad de los Andes, una gran victoria para la libertad de expresión  en Sentencia de Constitucionalidad No. 417 de 2009 de la Corte Constitucional de Colombia. La demanda y sentencia se encuentran publicadas por la mencionada universidad en el libro “Libertad de expresión y litigio de alto impacto“,  donde se explica el proceso adelantado por el G-DIP en la consecución de la declaración de inconstitucionalidad de uno de los eximentes de responsabilidad en los delitos de injuria y calumnia por limitar el derecho fundamental a la libertad de expresión. Dicho eximente se había convertido en una mordaza para los periodistas o investigadores que adelantaban indagaciones sobre hechos delictivos que ya habían sido resueltos por la justicia penal.

Igualmente le manifiesto a la valerosa escritora Nasreen Amina que siga con su causa defendiendo a las mujeres víctimas del maltrato, haciendo visible un gran problema del que nuestra sociedad es demasiado tolerante, y que sería un honor poder colaborarle y asesorarle con mis servicios de profesional del derecho, por supuesto de forma gratuita.

*Colombiano de Bogotá, quien ejerce como abogado litigante en derecho administrativo y constitucional, de 31 años, felizmente casado con Erika Miranda Lafaurie, artista plástica. esperando muy proximante un hijo varón y practicante del Budismo, quien nos comparte una experiencia personal de su niñez que involucra al maltratador de Jacqueline Franco, con la esperanza de que nadie más quede expuesto a la violencia y al abuso.

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