A Amira Osman Hamed no le Digas cómo Vestirse

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Amira Osman Hamed es una mujer musulmana que lucha por el derecho a decidir cómo debe vestirse

Cuando un oficial de la policía le demandó que se cubriera el cabello, Amira Osman Hamed simplemente se rehusó a hacerlo. “Soy musulmana y no voy a cubrirme la cabeza”, dijo. Por tal motivo, la ingeniero de Sudán de 35 años fue arrestada a finales de agosto pasado y fue acusada por “vestimenta indecente”.

Ahora Hamed se enfrenta a una posible sentencia de 40 latigazos si una corte la condena —el juicio ha sido pospuesto y no tiene fecha de inicio definida— Sin embargo, ella se rehúsa a vestir con una bufanda para la cabeza.

La determinación de Hamed para desafiar las reglas arbitrarias que restringen la libertad de las mujeres es parte de una ola de energía que enfrenta esos límites, notablemente (pero no exclusivamente) en los países musulmanes.

En los estados mayormente musulmanes en África, el sur de Asia, el Golfo Pérsico y en otros lugares, las mujeres demandan, de forma implacable, un trato más igualitario.

Para algunos, el asunto de si se debe cubrir o no el cabello quizás sea un tema insignificante. Pero el derecho a decidir lo que uno viste es una libertad básica. Y las reglas estrictas del gobierno o las autoridades religiosas que dictan la vestimenta de las mujeres son casi siempre la punta del iceberg, la porción más visible de una estructura que constriñe la libertad de las mujeres, quitándoles su derecho a tomar otras importantes decisiones en sus propias vidas.

Hamed ya había resistido algo similar previamente. En 2002, la activista de derechos humanos fue arrestada y condenada bajo la misma ley. Ella pagó una multa por el crimen de vestir con pantalones en público.

En 2009, la prohibición contra los pantalones enganchó a la periodista Lubna Ahmed al-Hussein y a otras 12 mujeres en un restaurante de Khartoum, las cuales vestían la misma prenda. Lubna estaba tan enojada que mandó invitaciones para su juicio y su posible castigo. Al final, los periodistas del Sindicato de Sudán pagaron la multa, pero al-Hussein no flaqueó.

Las mujeres de Sudán, dijo, son limitadas bajo el infame artículo 152 del Código Criminal de Sudán de 1991. En el país gobernado por un partido islámico con su propia interpretación de la Sharia, la ley islámica, las reglas son estrictas pero convenientemente vagas.

Las peticiones para el castigo de hasta 40 latigazos para todo aquel que cometa un “acto indecente” o vista “un traje obsceno”. No es de sorprender que la ley casi siempre sea empleada contra las mujeres. Las cifras gubernamentales de 2008 establecen que 43,000 mujeres fueron arrestadas por ofensas relacionadas con su vestimenta, tan solo en la capital.

Y los casos continúan apareciendo. Hace unas semanas, la policía fue grabada dando latigazos a una mujer en la calle por subirse a un carro con un hombre. Las imágenes son estremecedoras.

La extraordinaria muestra de valentía de las mujeres desafiando las restricciones en sus vidas incluyen el caso de Malala Yousafzai, la niña de Pakistán que casi muere después de que pistoleros del Talibán le dispararan en el rostro, así como otras jóvenes mujeres, como Nujood Ali, de Yémen, quien se divorció a los 10 años y ahora hace campaña contra el matrimonio infantil y miles de otros casos.

Nadie, sin embargo, ha ganado la fama de Malala, cuyo llamado para que las niñas puedan recibir educación cruzó la línea para aquellos que piensan que las mujeres deben mantenerse subordinadas, con la sociedad bajo el total control de los hombres. Su valentía atemorizó al Talibán.

Algunos en Pakistán aseguran que Malala, ahora una celebridad, es un producto de Occidente. Pero estos brotes de valentía, estos rumores de cambio, están dándose dentro del mundo musulmán. Las mujeres musulmanas no necesitan a Occidente para que les diga que la inequidad y el estado de segunda clase para las mujeres no es aceptable.

Las reglas que aplican la inequidad son casi siempre expresadas como un mandato religioso, pero son en su mayoría el producto de profundas sociedades tradicionalistas. Estas sociedades, sin embargo, están cambiando. Las mujeres son parte de estas sociedades y muchas aceptan las restricciones, pero no todas están felices con el status quo.

Considera Arabia Saudita. En la mayoría del reino, muchas mujeres, depende de las regiones en que vivan, deben de cubrirse desde la cabeza hasta la punta del pie, vistiendo un nigab, un velo que cubre incluso el rostro, borrando esencialmente la identidad de la mujer mientras está en público. La mayoría de las mujeres saudíes están acostumbradas a llevarlo. Por ahora, las demandas para un cambio se están enfocando en otras áreas.

Las mujeres saudíes viven bajo muchas reglas. Una de las más conocidas es aquella prohibición no escrita sobre su derecho a conducir. El pasado fin de semana, un grupo de mujeres en Arabia Saudita desafiaron la increíblemente anacrónica regla que coloca a la misoginia saudí en su propia categoría.

Las mujeres saudíes han peleado por años para ganar su derecho a manejar. En 2011, cuando pensaron que quizás tendrían algo parecido a una Primavera de la Mujer Saudí, haciendo eco de las revoluciones populares en la región, las activistas organizaron el día de la conducción de la mujer. Muchas fueron arrestadas después de que se pusieron detrás del volante.

A pesar de los arrestos, trataron de hacerlo la semana pasada. Algunos hombres levantaron un clamor. Otros festejaron.

Dos hombres saudíes, vistiendo sus tradicionales kaffiyehs rojos, crearon sensación en internet con la canción parodia No Woman, No Drive, burlándose de la prohibición para conducir con una parodia del éxito de Bob Marley No Woman, No Cry. El video tuvo millones de visitas, con las letras que mostraron a quienes lo vieron la absurda lógica de la prohibición, como la aseveración clerical saudí de que manejar puede dañar los ovarios de la mujer y amenazar su fertilidad.

La imposibilidad para manejar crea una serie de problemas prácticos para las mujeres saudí, problemas que hacen que las hacen incluso más dependientes de los caprichos de los hombres. Pero otras reglas son incluso más ofensivas, como la que prohíbe que las mujeres saudís salgan de sus casas, trabajos, de estudios, de viaje e incluso que reciban tratamiento médico sin el permiso de un ‘guardían’ hombre, usualmente su esposo, padre o hermano, incluso de su hijo.

No todos los países musulmanes imponen restricciones tan terribles para las mujeres y no todos los países con profundas inequidades entre los sexos son musulmanes. Pero los peores países para ser mujer, de acuerdo al Informe de la Brecha Global de Género del Foro Económico Mundial (WEF por sus siglas en inglés), son casi todos estados mayoritariamente musulmanes en África, el Golfo y el sur de Asia.

Por fortuna, esos también son países donde la mujer lucha, intentando cerrar la brecha, armadas con la convicción de que las restricciones que enfrentan no son mandato de su religión sino normas sociales que son objeto de cambio.

Y ese cambio, un llamado para los derechos humanos para todos, incluyendo las mujeres, no es una invención de Occidente. Es lo que demandan mujeres como Amira Osman Hamed cuando dice que es musulmana y que simplemente no se le dirá qué debe llevar puesto.

Fuente: Frida Ghitis para CNN México

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